Revisión

Síndrome de la sobrecarga informativa: una revisión bibliográfica

L.E. Parra-Medina, F.J. Álvarez-Cervera [REV NEUROL 2021;73:421-428] PMID: 34877645 DOI: https://doi.org/10.33588/rn.7312.2021113 OPEN ACCESS
Volumen 73 | Número 12 | Nº de lecturas del artículo 43.216 | Nº de descargas del PDF 418 | Fecha de publicación del artículo 16/12/2021
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RESUMEN Artículo en español English version
Introducción Vivimos la época de mayor difusión de información en la historia de la humanidad, y este exceso de información ha dado como consecuencia considerar la atención humana como un bien escaso. La sobrecarga informativa es la situación en la cual la cantidad o la intensidad de información exceden la capacidad limitada de procesamiento cognitivo del individuo.

Objetivo Describir el concepto de sobrecarga informativa, sus posibles sustratos neurocognitivos, síntomas asociados, causas, medidas para evitarla, así como su posible relación con internet y los dispositivos electrónicos.

Desarrollo Las personas responden de forma diferente a la sobrecarga informativa, y esto depende tanto de factores individuales como de la cantidad y características de la estimulación informativa. Algunos síntomas de la sobrecarga informativa son: trabajo ineficiente, confusión, retraso al tomar decisiones, falta de evaluación crítica de la información, pérdida de control sobre la información, rechazo de la recepción en la comunicación, falta de perspectiva general, mayor tolerancia al error, ansiedad, estrés, etc. Probablemente, los límites de la capacidad de procesamiento de información estén condicionados por la energía metabólica limitada que se distribuye en el cerebro y que permanece constante independientemente de la dificultad de las tareas.

Conclusión La atención es una función cognitiva limitada. Para que los efectos adversos de la sobrecarga informativa puedan disminuirse, se requiere mejorar la gestión personal de nuestros propios recursos cognitivos y comprender su relación con la tecnología. Es necesario mejorar el manejo de información mediante la organización, el filtrado y la aplicación de pautas de diseño de ergonomía cognitiva.
Palabras claveAtenciónCarga cognitivaEconomía de la atenciónErgonomía cognitivaMemoriaNeurociencia cognitiva
TEXTO COMPLETO (solo disponible en lengua castellana / Only available in Spanish)

Introducción


La analogía entre los ordenadores y la mente humana ha existido desde que las ciencias cognitivas surgieron como campo interdisciplinario del estudio de la mente en la década de los cincuenta. En décadas posteriores, cuando la neurociencia se incorporó a las ciencias cognitivas, se comenzó a utilizar la analogía del cerebro humano como un sistema de cómputo altamente complejo, y para describir diversos procesos mentales se ha planteado incluso la triple analogía de la mente, el ordenador y el cerebro humano. Muchas veces, las analogías enriquecen las ideas científicas. Así, para quien cuenta con vastos conocimientos de computación, concebir la mente en términos computacionales resulta algo habitual [1].

Al igual que los ordenadores, nuestro cerebro procesa información y, como cualquier otro sistema, tiene una capacidad de procesamiento limitada [2]. Esto se puede observar en los cuellos de botella de procesos cognitivos humanos. Como se sabe, el término cuello de botella alude a la parte más angosta del envase, que se encuentra en su parte superior y que limita la cantidad de líquido que entra o sale de ella. De forma similar, los procesos cognitivos humanos inciden en el flujo de información, desde la sensación, pasando por la percepción y hasta el control de la acción [2-4]. Un ejemplo de cuello de botella cognitivo es la capacidad limitada de la memoria a corto plazo. El individuo promedio puede almacenar únicamente 7 ± 2 unidades significativas de información a la vez en este tipo de memoria. Este hecho fue descrito por primera vez por George Miller en 1956, quien es considerado uno de los fundadores de las ciencias cognitivas [1,2,4]. Pero no sólo la memoria a corto plazo tiene un límite superior en el procesamiento de la información, sino que se cree que todas nuestras etapas de procesamiento cognitivo lo tienen [2,3]. Un ejemplo claro y fundamental es la atención, sobre la cual la comunidad científica está de acuerdo en que tiene una capacidad limitada [3,4-6].

Objetivo


Describir el concepto de sobrecarga informativa, síntomas asociados, causas, posibles sustratos neurocognitivos, medidas para evitarla, y su relación con internet y los dispositivos electrónicos.
 

Desarrollo


Sobrecarga informativa: definición y síntomas


La sobrecarga informativa ocurre cuando la cantidad o la intensidad de información exceden la capacidad limitada de procesamiento del individuo, lo que puede provocar efectos disfuncionales. Diversos síntomas se han asociado con este fenómeno, entre los que se encuentran: estrés, trabajo ineficiente, ignorar información y ser muy selectivo al elegir qué leer o ver (omisión de notas importantes), retraso al tomar decisiones, pérdida de control sobre la información, limitar las fuentes de búsqueda, rechazo de la recepción en la comunicación (por ejemplo, mediante expresiones faciales poco amistosas), falta de perspectiva general, mayor tolerancia al error, menor satisfacción laboral, confusión, ansiedad, tensión cognitiva, desmotivación, dificultad para seleccionar información relevante, asignación de menos tiempo a cada fuente de información,  análisis superficial de la información, desprecio por la información de baja prioridad, incapacidad para usar información en la toma decisiones (parálisis por análisis), pérdida de la diferenciación, sensación de pérdida de control que conduce a una interrupción en la comunicación, falta de evaluación crítica de la información (volverse demasiado crédulo), dedicar muy poco tiempo para asimilar la información, mala interpretación de la información, implementar estrategias de búsqueda de información poco sistemáticas, etc. [2,7-9].

Los individuos responden de forma diferente a la sobrecarga informativa, y esto depende tanto de la condición subjetiva de cada persona como de la cantidad de estimulación informativa que reciben. En particular, las personas que sufren condiciones como el autismo son especialmente susceptibles a la sobrecarga informativa [8]. Se dice que la sobrecarga informativa genera dificultades en la toma de decisiones y hace que sea más difícil para las personas localizar los datos críticamente requeridos para una determinada tarea, debido al gran volumen de información [2], cuando las capacidades limitadas de procesamiento cognitivo son bombardeadas con información y, al alcanzar cierto umbral, cada dato nuevo contribuirá a una disminución en la precisión de las decisiones, según los síntomas que se presenten [2].

La sobrecarga informativa se ha descrito en diversos ámbitos, como la ciencia organizacional, la mercadotecnia, la economía, la contabilidad, la psicología y la medicina [7-12]. Existen artículos en los que se usa el término de sobrecarga informativa desde la década de los setenta, pero no es hasta los últimos 10 años cuando en las publicaciones científicas su uso aumenta significativamente [9-13]. Este concepto adquiere un nuevo sentido debido a la gran cantidad de información que bombardea continuamente a las personas mediante noticias, notificaciones de aplicaciones, alarmas y demás alertas visuales y auditivas provenientes de dispositivos electrónicos [2,7,12]. Con la llegada de estas nuevas tecnologías, la velocidad de producción de información se ha acelerado rápidamente, y por eso se considera que es el momento en la historia de la humanidad con mayor cantidad de información disponible para las personas [9].

Sobrecarga informativa y pandemia de COVID-19


Como ejemplo, se puede mencionar la pandemia de COVID-19, que ha estado acompañada por una avalancha de información que representa una sobrecarga y puede conducir a ansiedad y estrés. La información recibida sobre la COVID-19 puede estar compuesta de información genuina, así como de noticias falsas, teorías conspirativas y supuestos tratamientos, provocando que las personas reciban información contradictoria, lo cual puede repercutir en la implementación de las medidas para el control real de la infección. Incluso se ha informado de la muerte de personas como resultado de esta desinformación al autoadministrarse tratamientos indebidos [11,14]. En un estudio realizado en población general, se ha descrito que recibir información por los medios de difusión tradicionales, como la radio y la televisión, así como una mayor frecuencia en la exposición a noticias sobre la COVID-19, se asociaron a una mayor sobrecarga informativa [11]. Por otro lado, la cantidad de publicaciones científicas acerca de la COVID-19 creció exponencialmente mes tras mes, por lo menos en los primeros cuatro meses desde que se describió el virus, lo que ha podido llevar a que los proveedores de atención médica tengan dificultades para identificar lo que es científicamente importante de lo que no [15]. Esto, a su vez, podría dar lugar a la prescripción de tratamientos indebidos a sus pacientes.

Aunado a lo anterior, es pertinente mencionar que ha habido informes sobre síntomas neurológicos persistentes (que duran más de seis semanas) en pacientes con una forma leve o moderada de COVID-19 y que no fueron hospitalizados [16]. En un estudio se encontró que el síntoma más frecuente (presente en el 81% de los casos) era la ‘niebla cerebral’ (una reducción general de la agudeza mental y de las funciones cognitivas, como la concentración y la memoria) [16]. Asimismo, se halló que aproximadamente la mitad de los pacientes tuvo una valoración neurológica anormal, destacando las afectaciones en la memoria a corto plazo y en la atención. Por lo tanto, la ‘niebla mental’ derivada de la infección viral podría potenciar los efectos de la sobrecarga informativa en algunas personas afectadas por la COVID-19 [16].

Causas de la sobrecarga informativa


Se cree que la sobrecarga informativa tiene un origen multifactorial, y se puede deber, entre otras cosas, a una combinación de los siguientes elementos: personales (hora del día, calidad de sueño, motivación, satisfacción, experiencia personal, etc.); ambientales (ruido, temperatura, etc.); características de la información (cantidad de elementos informativos, información poco confiable, ambigüedad de la información, etc.); tecnológicos (nuevas tecnologías de la información y la comunicación que son muy eficientes, correos electrónicos, aumento de los canales de información, mismo contenido en diferentes canales, internet, etc.); relacionados con tareas que se realizan con la información (cuestiones poco rutinarias, trabajos complejos, contar con poco tiempo, recepción simultánea de información, etc.);  y el diseño organizacional (trabajo multidisciplinario, trabajo colaborativo, heterogeneidad grupal, etc.) [7]. Se ha dicho que los medios de comunicación, la ciencia y la innovación empresarial son los principales generadores de una producción acelerada de información en el mundo [7]. La llamada infodemia puede ser un factor que propicie también la sobrecarga informativa. El término se refiere al gran aumento del volumen de información relacionada con un tema particular, que puede volverse exponencial en un período corto debido a un acontecimiento concreto. La infodemia puede estar compuesta tanto de información verídica como de información falsa [17].

Probables sustratos neurocognitivos de la sobrecarga informativa


A nuestro cerebro llega continuamente gran cantidad de información que no puede ser procesada al mismo tiempo, de modo que es necesario hacer una selección que ordene prioridades y establezca temporalmente una respuesta para cada circunstancia [18]. En esto consiste la atención, que es el recurso cognitivo que cimenta todos los demás dominios cognitivos. Por ello, al valorar las funciones neurocognitivas, hay que establecer primero la habilidad de las personas para enfocar y sostener su atención antes de pasar a la evaluación de otras funciones mentales, como la memoria, el lenguaje, las funciones ejecutivas, etc. [5,18]. Se plantea la existencia de tres redes atencionales correspondientes a los siguientes componentes: alerta, orientación atencional y control ejecutivo. Las tres redes en conjunto, aunque están separadas, se relacionan entre sí y participan en el proceso global de la atención [4,18-20]. La atención tiene un ciclo circadiano, lo cual podría explicar por qué la hora del día se reconoce como un factor que influye en la sobrecarga informativa [7]. Los tres componentes de la atención mencionados anteriormente alcanzan sus niveles más bajos durante el final de la noche y las primeras horas de la mañana y mejoran alrededor del mediodía, y se pueden observar niveles aún más altos durante la tarde y el principio de la noche [4,18,19].

La expresión tan común ‘presta atención’ es muy certera: el procesamiento cognitivo es menos efectivo cuando atendemos a muchos estímulos simultáneamente, pues tenemos un presupuesto atencional limitado, el cual podemos asignar a determinadas tareas, pero, si rebasamos dicho límite, los recursos atencionales se dividen y existen más posibilidades de incurrir en el error [6]. Al hecho de no darse cuenta de un objeto o suceso cuando la atención se dirige hacia una tarea o un objetivo principal se le llama ‘ceguera por falta de atención’. En un estudio clásico de este fenómeno, a los observadores se les pidió que contaran el número de pases de pelota durante un momento de un juego de baloncesto, dando como consecuencia que la mayoría de los observadores no se dieran cuenta de que un gorila cruzaba deliberadamente la cancha en un determinado instante [21]. Diversas investigaciones han demostrado la naturaleza limitada de la percepción humana, describiendo que, en tareas que exigen atención, los observadores pueden dejar de percibir los objetos desatendidos [22].

Las bases neurales de la atención se han asociado con la velocidad de procesamiento de información, la cual está determinada, en buena medida, por la eficiencia de la sustancia blanca (conjunto de fibras nerviosas, o axones, que interconectan las neuronas) para conducir los impulsos. Incluso se ha propuesto que los déficits atencionales, al menos en algunas condiciones patológicas como el traumatismo craneoencefálico, se deben justamente a una reducción en la velocidad de procesamiento. Pero no es un tema sobre el que haya consenso, pues hay otra corriente de autores que considera que las fallas en la atención residen principalmente en la que se conoce como red de atención ejecutiva, que está asociada a regiones cerebrales como la circunvolución cingulada anterior, el área motora de asociación y el opérculo. Existen modelos que conjugan estos dos componentes medibles de la atención como factores de alto nivel (control atencional) y de bajo nivel (velocidad de procesamiento) [20,22-24].

Por otra parte, se ha propuesto que los límites de la capacidad perceptual están directamente ligados a los límites del metabolismo celular cerebral y se ha planteado la hipótesis de que el suministro de energía en el cerebro permanece constante independientemente de las demandas en el procesamiento mental, llegando menos energía a las neuronas que responden a información que viene de fuentes que están fuera de nuestras prioridades (como el gorila que cruzaba la cancha), y reservando más energía para neuronas que responden a tareas de alta prioridad cuando nos sobrecargamos de información [22]. Esta hipótesis se puso a prueba valorando el estado de oxidación de la citocromo-c oxidasa, una enzima intracelular de utilización de energía ubicada en las mitocondrias. Este marcador se midió utilizando espectroscopia de infrarrojo cercano de banda ancha, colocando detectores de esta señal sobre el cuero cabelludo de los participantes, en una disposición similar a la del electroencefalograma, pero con el fin de registrar los niveles de oxidación del citocromo en la corteza visual del cerebro. El estudio estuvo conformado por sujetos que estuvieron sometidos a tareas de alta y baja carga perceptiva y, mientras realizaban dichas tareas, en la mitad de los ensayos se les enseñó también un objeto distractor con el fin de desviar su atención. El estudio concluyó que existe evidencia para considerar que los recursos cognitivos teorizados como de capacidad limitada corresponden a la energía metabólica celular en el cerebro, estableciendo los límites fisiológicos de la capacidad perceptiva y un mecanismo de compensación atencional que modula los niveles de energía de las células cerebrales de acuerdo con las demandas, es decir, aportando más energía al procesamiento de información atendida a expensas de una disminución en el procesamiento de lo desatendido, con un nivel constante de energía total independiente de las demandas en las tareas mentales [22].

Sobrecarga informativa, internet y dispositivos electrónicos


El potencial de internet para atraer y mantener la atención de las personas no se debe únicamente a las características del contenido multimedia, sino que también está impulsado por el diseño y la presentación de la información [25]. Se dice que las redes sociales son sistemas automatizados que diseñan y controlan las conexiones digitales de los usuarios, reconociendo lo que las personas anhelan, siguiendo el rastro de sus deseos e incorporándolos en algoritmos pensados para crear y mantener necesidades específicas en las personas [26]. Los aspectos de internet que no logran llamar la atención quedan ‘sepultados’ en un mar de información, mientras que los anuncios publicitarios exitosos, aplicaciones, noticias o cualquier información digital que logre captar la atención se registra, amplifica y prolifera [25]. Algunos autores han señalado que las empresas de tecnología capitalizan el potencial adictivo de internet al perfeccionar aspectos para llamar la atención en sitios web y en aplicaciones, para así atraer a una mayor cantidad de usuarios, muchas veces sin tener en cuenta su bienestar [25]. La naturaleza multitarea de la tecnología y los medios de comunicación que usamos podrían influir negativamente en los dominios cognitivos humanos, aunque se necesitan más investigaciones al respecto [25,27-29].

Incluso cuando las personas no utilizan internet para un propósito particular, los teléfonos móviles inducen conductas de verificación constante, caracterizadas por inspecciones rápidas y frecuentes, buscando notificaciones u otro tipo de información entrante [25]. Se piensa que estos hábitos de comprobación continua son el resultado de un reforzamiento conductual por medio de ‘recompensas de información’ que se reciben al verificar el dispositivo, con el potencial de alterar el sistema de recompensa cerebral (la vía dopaminérgico-corticoestriada), debido a la disponibilidad continua del dispositivo y a su consulta constante. Durante este proceso de recompensa en el cerebro se secreta dopamina, un neurotransmisor relacionado con el placer, que se libera también ante incentivos naturales como la comida y el sexo [4,25,30,31]. Algunas investigaciones indican que incluso cuando las personas logran mantener una atención sostenida, como cuando evitan la tentación de revisar sus teléfonos, la mera presencia de estos dispositivos afecta negativamente a aspectos cognitivos fundamentales [25]. El fenómeno de ‘drenaje cerebral’ propone que la mera presencia de un teléfono inteligente, aunque esté apagado o sin alertas (en silencio), puede ocupar recursos cognitivos que de otro modo estarían disponibles para otras tareas. En un experimento, las personas que tenían el teléfono móvil en otra habitación tuvieron mejor rendimiento en las pruebas cognitivas de memoria de trabajo e inteligencia fluida con respecto a quienes tenían el teléfono a la vista (aunque estuviera apagado). Los autores del estudio sugirieron que dejar el móvil en otra habitación es probablemente la técnica más efectiva y razonable de evitar el ‘drenaje cerebral’ y el consecuente detrimento de las funciones cognitivas mencionadas, sobre las que subyacen también recursos atencionales​ [32].

Sobrecarga informativa y economía de la atención


Hebert Alexander Simon, considerado uno de los fundadores de las ciencias cognitivas y pionero de la inteligencia artificial, describió en 1971 el término de economía de la atención [1,13]. Simon planeó que, en un mundo rico en información, la abundancia de ésta significa escasez de algo más, lo que sea que la información consume. Y esto es bastante obvio: consume la atención de sus destinatarios. Por lo tanto, una gran cantidad de información crea una pobreza de atención y la necesidad de asignar esa atención de manera eficiente entre la sobreabundancia de fuentes de información que podrían consumirla [13]. Este concepto sigue vigente hasta nuestros días y es aplicable tanto a los medios de comunicación tradicionales, como radio y televisión, como a los medios digitales [13,26,33]. La abundancia y la accesibilidad de la información han llevado a considerar a la atención humana como un bien escaso [34], y por eso los conceptos de economía de la atención y sobrecarga informativa están muy relacionados. Simon señalaba desde hace cinco décadas que los diseñadores de sistemas de información mantenían incorrectamente su enfoque en un diseño basado en la escasez de información en lugar de centrarse en el recurso verdaderamente limitado, la atención, dando como resultado sistemas donde sobresale el exceso de información y la falta de herramientas para el filtrado de ésta [13]. Evidentemente, además de la conectividad que se genera entre las personas que usan medios digitales, se produce otro valor económico potencial: la atención, que puede atraer clientes potenciales por medio de la exposición a productos y servicios en pancartas (banners), ventanas emergentes (pop-ups), vídeos, imágenes y demás contenido que debemos ‘saltar’ para visualizar el material multimedia que deseamos consumir [26]. Estos son ejemplos de lo que significa economía de la atención en nuestros días.

Medidas para evitar la sobrecarga informativa


El problema de la sobrecarga informativa ha recibido considerable atención de investigadores preocupados por las consecuencias negativas de exponer a los individuos a un exceso de información [2]. Se han planteado medidas para evitar la sobrecarga informativa, como mejorar la gestión personal, recibir capacitación en el manejo de información, el establecimiento sistemático de prioridades, filtrado y organización de la información, la utilización de inteligencia artificial para seleccionar la información importante, establecer reglas para el diseño de información y comunicación, priorizar la información relevante, elevar la calidad de la información, reducir un gran conjunto de opciones a un tamaño manejable, etc. [7,13].

En este mismo sentido, se ha propuesto el término de ergonomía cognitiva, que es el estudio de la interacción de los procesos cognitivos, como la atención, la percepción, la memoria y el razonamiento, con los elementos de un sistema, como máquinas, muebles, utensilios e interfaces, mejorando aspectos del proceso de toma de decisiones y la interacción humano-ordenador [35-39]. Así, se han planteado principios para el diseño orientados a apoyar las capacidades cognitivas humanas en instrucciones e interfaces, para así evitar errores, estrés, confusión, irritación y sobrecarga mental. Existen manuales que pueden orientar a los diseñadores de entornos a favorecer un ambiente ‘amistoso’ con la mente humana [38]. Algunas recomendaciones de la ergonomía cognitiva aplicables al diseño de tecnología que podrían ser útiles para evitar la sobrecarga informativa son las siguientes: minimizar el tiempo y el esfuerzo para encontrar información; las fuentes de información similares deben vincularse visualmente; cuando se necesite prestar atención a grandes cantidades de información simultánea, involucrar múltiples sentidos; limitar los niveles de información a tres, ya que las estructuras cada vez más anidadas desafían las expectativas de dónde buscar información y requieren mucho tiempo para localizarla; evitar objetos similares, ya que, cuando los estímulos parecen ser similares, el cerebro los asocia con el mismo significado; en la medida de lo posible, liberar la carga de la memoria a corto plazo (utilizar el  número 7 ± 2 como máximo para estímulos sensoriales simultáneos); etc. [38]. Algunas medidas para evitar la sobrecarga informativa sugeridas por algunos autores corresponden también a principios del diseño de entornos basados en la ergonomía cognitiva [7,38].

Con respecto a las medidas que se pueden tomar para evitar la sobrecarga informativa asociada a la pandemia de COVID-19, se ha sugerido: evitar actualizaciones diarias sobre contagios y defunciones, verificar información de fuentes confiables, minimizar la exposición a noticias sobre el tema, etc. [11].

Carga y sobrecargas cognitivas


Un concepto relacionado con la sobrecarga informativa es la carga cognitiva, que es una teoría de aprendizaje que se centra en los límites de la memoria de trabajo humana, un tipo de memoria a corto plazo que nos permite el almacenamiento, pero también la manipulación de información, de forma que ésta sea fácilmente accesible para la planificación, la comprensión, el razonamiento y la resolución de problemas [40-42]. Se sabe que la capacidad de la memoria de trabajo es de no más de siete elementos, pero su capacidad de procesamiento es considerablemente menor, de no más de tres o cuatro elementos que se pueden procesar de forma simultánea [40,41]. La información que no puede ser procesada por la memoria de trabajo no se puede transferir a la memoria a largo plazo, inhibiendo el aprendizaje, y este es un cuello de botella de los procesos cognitivos humanos [40,41,43]. La sobrecarga cognitiva surge cuando las exigencias impuestas a una persona por trabajo mental (carga cognitiva) exceden la capacidad de su memoria de trabajo [40,44].  Se han formulado diversas estrategias para disminuir la carga cognitiva y mejorar el aprendizaje en el ámbito de la educación de los profesionales de la salud, así como en entornos laborales cotidianos [41,45,46].

Discusión


Entendiendo que un síndrome es un complejo reconocible de signos y síntomas que indican una condición específica para la cual no se comprende necesariamente una causa directa [46], se ha planteado que el exceso de información que incide sobre las capacidades atencionales humanas puede provocar síntomas [7], que nos pueden llevar a sospechar una especie de síndrome de sobrecarga informativa.

Sin duda vivimos en la época de mayor difusión de información en la historia de la humanidad [9]. Cualquiera que disponga de una conexión a internet puede hacer que su mensaje llegue a un público global con facilidad [9]. Con importantes avances en investigación y desarrollo en casi todos los países del mundo, se espera que nos enfrentemos a una explosión de información aún más grande en las próximas décadas, y así lo señalaba desde 1971 Herbert A. Simon [9,13].  Para 2019 se estimó que el tráfico por internet alcanzaría los 2 zettabytes (2 × 1021 bytes) de información por año, lo que equivale a 72.000 años de transmisión de vídeo en alta definición [2]. Naturalmente, a un humano promedio, con una esperanza de vida de 70 años, no le sería posible asimilar tal cantidad de información. Por todo lo anterior, nos parece importante promover la comprensión de la relación que existe entre la cognición humana y el exceso de información; y esto, a la luz de las nuevas investigaciones sobre la influencia de internet en dominios cognitivos como la memoria y la atención [2,25]. Las investigaciones actuales indican que internet tiene el potencial de favorecer alteraciones tanto agudas como crónicas en estas áreas, y que pueden reflejarse en cambios en el cerebro [25].

Sin embargo, los medios y la tecnología son elementos omnipresentes de nuestra vida diaria y su uso puede ofrecer muchos beneficios [28]. El concepto bienestar digital se refiere al impacto de las tecnologías digitales en lo que significa vivir una vida que sea sana para el ser humano [47,48]. Sin duda, la tecnología no es intrínsecamente mala para las personas, pues su meta es impactar positivamente en las actividades en las que interviene, mediante herramientas que faciliten el cumplimiento de nuestros objetivos. Por ello, al utilizar la tecnología y consumir información, debemos tener en claro cuál es su utilidad para el cumplimiento de nuestros objetivos, estableciendo prioridades, para no desviarnos de nuestras metas en el ‘mar de la información’.

Pero las nuevas tecnologías no son la única fuente de información, pues también persisten fuentes tradicionales, como formularios en papel, documentos, dibujos, bases de datos, directorios, faxes, archivos, registros y mensajes telefónicos [9]. Desde hace cuatro décadas se consideraba a las fuentes de información tradicionales como fuentes potenciales de sobrecarga informativa, y se planteó el concepto de economía de la atención, que sostiene que la abundancia y la accesibilidad de la información han dado como consecuencia que se considere la atención humana como un bien escaso [13,34]. Así, se ha señalado que los sistemas de información deberían centrarse en el recurso que es más limitado, la atención, mediante sistemas que organicen y filtren los datos para facilitarle las tareas a los usuarios [13]. En este mismo sentido, sugerimos a los diseñadores de tecnologías y sistemas de información considerar las recomendaciones basadas en ergonomía cognitiva con el fin hacer más ‘amigables’ los entornos digitales con las funciones cognitivas humanas y de esta forma disminuir la sobrecarga informativa. Se requieren esfuerzos concertados de los profesionales de la información, informáticos, académicos y especialistas en gestión del conocimiento para que los efectos adversos de sobrecarga informativa puedan disminuirse [9]. Probablemente, la medida fundamental para disminuir la sobrecarga informativa es su gestión apropiada [49].

Los recursos neurocognitivos son parte imprescindible del capital humano de los individuos [50]. Por ello, ahora más que nunca, se debe fomentar la comprensión de la cognición humana, así como su relación con la tecnología, para lograr una adecuada gestión del tiempo y del trabajo mental; y mejorar la gestión del tiempo personal, considerando que muchas páginas web muestran contenidos mediante algoritmos que usan datos previos de los usuarios y que muchas veces tienen como propósito aumentar la probabilidad de que permanezcan más tiempo en dichas páginas.

La economía de la atención no es sólo un concepto que competa al ámbito de la administración, la teoría económica o la mercadotecnia, pues, como se ha visto en el novedoso estudio de Bruckmaier, los recursos atencionales podrían también tener un fundamento fisiológico en la energía metabólica limitada a nivel de las células nerviosas, mediante fluctuaciones de tira y afloja en los procesos perceptivos que requieren una menor o una mayor atención mediante un armonioso intercambio de esa energía constante, pero limitada [13,22].
 

Conclusiones


La atención es un recurso cognitivo limitado y es fundamental, pues cimienta todos los demás dominios cognitivos. Para que los efectos adversos de sobrecarga informativa puedan disminuirse, se requiere mejorar la gestión de nuestros propios recursos cognitivos y comprender su relación con la tecnología; y mejorar la gestión de la información mediante su organización y filtrado, así como por la aplicación de la ergonomía cognitiva por parte de los diversos profesionales ligados a la información, incluyendo, entre otros, a los informáticos, los diseñadores de interfaces, los académicos y los especialistas en gestión del conocimiento. Pero no es una tarea sólo de los diseñadores de sistemas de información, sino también de los usuarios. Es fundamental dar a conocer los límites de las capacidades cognitivas humanas en todos los ámbitos y su relación con la tecnología, pues estos recursos mentales son la herramienta fundamental y parte imprescindible del capital humano.

 

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Information overload syndrome: a bibliographic review

Introduction. We are living in the time of greatest dissemination of information in the history of the human race, and this excess of information has resulted in considering human attention as a scarce resource. Information overload is the situation in which the amount or intensity of information exceeds the individual’s limited capacity for cognitive processing.

Objective. To describe the concept of information overload, its possible neurocognitive substrates, associated symptoms, causes, measures to avoid it, as well as its possible relationship with the internet and electronic devices.

Development. People respond differently to information overload, and this depends on individual factors as well as on the amount and characteristics of the informative stimulation. Some symptoms of information overload are: inefficient work, confusion, delay in making decisions, lack of critical evaluation of information, loss of control over information, refusal to receive communication, lack of general perspective, greater tolerance for error, anxiety, stress, etc. The limits of information processing capacity are probably conditioned by the limited metabolic energy that is distributed in the brain and remains constant regardless of the difficulty of the tasks.

Conclusion. Attention is a limited cognitive function. In order to reduce the adverse effects of information overload, it is necessary to improve the personal management of our own cognitive resources and to understand their relationship with technology. Likewise, it is necessary to improve the handling of information through the organization, filtering and application of cognitive ergonomics design guidelines.

Key words. Attention. Attention economy. Cognitive ergonomics. Cognitive load. Cognitive neuroscience. Memory.

 

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